"¿CÓMO SE LO DIGO A MI HIJO?"
Esta pregunta aparece regularmente entre las dudas de padres y educadores. La respuesta es en realidad muy sencilla y viene marcada por cómo se constituye la sexualidad humana, sin embargo la propia dificultad que todos los sujetos adultos, en mayor o menor medida, tienenal hablar de su propia vida sexual junto con ciertos mitos aún vigentes que Freud develó con sus Tres Ensayos para una Teoría Sexual - interfieren en su formulación.
Un mito que todavía prevalece en la educación infantil es pensar que los niños carecen de sexualidad y ésta sólo se inicia en la pubertad cuando acontece la maduración de los genitales externos e internos. Esta creencia en la ausencia del instinto sexual durante la infancia, que tiene todo un recorrido hasta que se construye como tal, propicia numerosas situaciones de ocultamiento o evasión frente a las preguntas de los niños, al pensar erróneamente que ellos nada conocen de la excitación sexual; error que viene ayudado por otro mito consistente en concebir a los órganos reproductores como la única parte del cuerpo capaz de producir placer sexual.
La erogeneidad no es una característica única de los órganos genitales sino de cualquier parte del cuerpo incluidos los órganos internos, si bien algunas zonas como la epidermis o las mucosas resultan extremadamente proclives a tales sensaciones como es el caso de la boca, el ano o los genitales.
La naturaleza ha encontrado además un medio muy eficaz de asegurarse el despertar del placer en estas zonas erógenas al conectarlas con alguna función fisiológica vital, de tal forma que la zona bucal está conectada con la ingestión, la zona anal con la excreción y la zona genital con la micción.
El gusto de los niños pequeños por chupar cualquier objeto, preferentemente una parte de su cuerpo, las dificultades que a veces presentan para verificar el acto de la excreción o la práctica de mojar la cama son manifestaciones de su vida sexual que de momento es autoerótica, en tanto a diferencia de la sexualidad adulta no necesita de ningún otro para satisfacerse.
Junto a esta amalgama de sensaciones somáticas que todavía no sirven a la reproducción como más tarde sucederá en la adolescencia , se enlazan en el niño poderosos sentimientos hacia las personas que le crían. Las manifestaciones de ternura, celos, hostilidad, seducción que el niño muestra tienen ya toda la fuerza de la vida adulta e incluso la superan.
Entre los tres y los cinco años la vida anímica infantil atraviesa por un periplo de conflictos emocionales en relación con sus progenitores. En esta primera fase del despertar sexual el niño sabe asociar las transformaciones en el cuerpo de la madre por el embarazo con la temida llegada de otro niño e intuye también que su padre tiene alguna relación con este estado.
La excitación genital alcanza cierta intensidad en esta época y guía al niño en sus teorías acerca de qué hacen sus papas cuando él duerme pero a veces escucha,y aunque será en la pubertad cuando esta zona se instaure como la zona erógena dominante y a ella queden subyugadas las demás (a modo de placer preliminar al coito, al servicio del cual se presta entonces el erotismo) , la erogeneidad genital y de las otras zonas erógenas preferentes como la mucosa bucal o anal están ya en plena actividad. Los atisbos de la relación entre los progenitores, son siempre una primera fuente de excitación sexual, de tal forma que la costumbre en algunas parejas de mantener la puerta de su habitación abierta todas las noches, no sólo entorpecen su propia vida sexual sino que suelen generar en el niño un estado de excitación excesivo que puede encontrar su descarga en continuas micciones nocturnas o conducir a estados de extrema irritabilidad, tozudez o hiperactividad. Considerar a los niños como carentes de sexualidad conlleva a comportamientos que nunca haríamos en presencia de otros adultos, a quienes sí consideramos sexuados.
A veces esta negación de la sexualidad infantil se manifiesta en un ocultamiento tenaz de las circunstancias de la vida sexual como si se pensase que tal falta de conocimiento pudiera mantener al niño alejado de cualquier inquietud.
En realidad este secretismo en vez de disminuir la curiosidad la aumenta al tiempo que imprime en lo sexual el sello de lo repugnante o degenerado. Algunas de las patologías neuróticas de sujetos adultos se derivan de interrogaciones reprimidas.
La vida sexual del niño está marcada por la decepción amorosa, ante la necesaria negativa que lo humaniza al transmitirle que su madre es además la mujer de su padre. La investigación sexual infantil acerca del origen de los niños está igualmente destinada en este temprano intento al fracaso, porque no será hasta la adolescencia cuando el psiquismo del sujeto pueda aprehender la existencia de la vagina y del semen, imprescindibles para entender la reproducción, pero que ni el niño ni la niña aciertan a sospechar al regir en ellos la creencia en la presencia de un mismo genital - el pene- para ambos sexos; esta teoría sexual infantil que juega un papel determinante( como veremos en posteriores artículos) para el desarrollo psicosexual, es más tarde olvidada, es decir, reprimida durante el periodo llamado de latencia entre los seis-ocho años y en consecuencia parece siempre tan extraña a la conciencia adulta, como todo lo relativo a la sexualidad infantil.
Si el niño puede formular sus dudas e inquietudes sin sentirse intimidado y los padres se conforman con responder sencillas verdades, sin buscar ampulosas contestaciones, el niño irá sumando a su interés otros campos de investigación.
Las esenciales analogías en la reproducción de todos los mamíferos, que el niño puede observar en los documentales de animales y en sus clases de ciencias naturales, le ofrece una clara prueba de sus sospechas acerca del origen de los niños, que no quedarán del todo dilucidadas hasta la pubertad, cuando entienda la existencia de la vagina y el semen.
En torno a los nueve o diez años se puede continuar con una explicación más detallada de la vida sexual humana y su significación social. Ahora bien, toda cronología está invariablemente sujeta a las diferencias individuales, es por eso quela explicación debe siempre hacerse teniendo en cuenta al niño, es decir, es él quién a través de sus manifestaciones nos irá indicando espontáneamente (si el ambiente no es excesivamente intimidatorio y el pequeño no se siente amordazado por la culpa) los enigmas que lo turban ante las sensaciones que su cuerpo experimenta en relación con ciertos estados afectivos, que él no consigue explicar.
El afán por saber aparece motivado por las cuestiones sexuales del nacimiento (real o fantaseado) de otros niños y las diferencias anatómicas. Cuando las preguntas de los niños encuentran un recio muro a su expresión, el joven investigador suele extender la represión a ulteriores investigaciones , de tal forma que muchas situaciones de extrema dificultad para realizar las tareas del colegio se deben a que el niño se encuentra atrapado en un interrogante que no consigue responder.
No se trata de buscar la respuesta perfecta, que más bien no existe, sino de permitirle hablar, es decir, escucharle y contestar sin pretensión de inventar u ocultar.